martes, 22 de junio de 2010

Noche de los deseos

Imagino a los amantes celestes en ansiosa espera, a menos de un mes para que el río del cielo permita su encuentro anual. Noche de Tanabata en la que se cumplen los deseos que los mortales escriben en cintas de colores colgadas al aire en tallos de bambú.

Este año, estoy dispuesta a construir yo un puente que acelere su abrazo por tal de que se cumplan pronto los deseos de una querida amiga que vive cerca de las estrellas.



En cinco tiras

Escribo mis deseos

Que son los tuyos

jueves, 10 de junio de 2010

Un último intento

En el Japón antiguo, cuando una mujer de 40 años comprendía que ya “no podía importar al mundo” se cortaba la melena y se hacía monja.

Si alguno de sus amantes lo descubría y aún sentía nostalgia de ella, iba al santuario donde estaba recluida con la esperanza de hacerle llegar un último mensaje, para que reconsiderara su actitud, y le entregaba a la abadesa un poema dirigido a ella que podría ser éste de Sarumaru Daya recogido en el Kokinwakashu.

Honda montaña,
entre hojas carmesíes.
Cuando se oye
la voz del ciervo bramar,
el otoño es más triste.

lunes, 31 de mayo de 2010

Tortugas y pintores

Veo en la televisión un reportaje sobre unas pobres tortugas que recién nacidas equivocan su destino confundidas por la luces de los aparatosos apartamentos que custodian la arena a pie de playa. Me acuerdo del joven Urashima, que por devolver al mar la sagrada tortuga que había picado su anzuelo es recompensado con vivir eternamente como esposo de la bellísima hija del Rey Dragón. Para conocer el sorprendente final de esta historia, si aún no lo has leído, te recomiendo las dos versiones recogidas en el libro de Lafcadio Hearn El niño que pintaba gatos.


Si uno pudiera pintar, como ese niño, algo que cobrase vida… no me atrevo a pensar qué pintaría, sobre todo, teniendo en cuenta lo mal que pinto.


Mientras pintan al aire libre, mis amigos están al filo de ese mundo invisible en el que conviven los fantasmas japoneses.

viernes, 30 de abril de 2010

Dudas primaverales


Empachada de Mishima, me adentro en El Libro de los Cinco Anillos de Miyamoto Musashi, pero la astenia primaveral me impide levantar con él la espada….Creo que consultaré con Don Eugenio de Aviraneta, que es lo que hago siempre que no sé cómo seguir el camino.

miércoles, 28 de abril de 2010

Descortesía

Si este hombre joven que se ha ido para siempre fuese japonés, lo único que se le podría reprochar, tras una vida llena de sincera entrega a su pueblo y sus amigos, es la descortesía para con su madre, a la que ha dejado sin tiempo a pedir permiso.




A los que creemos en la religión de la naturaleza nos queda el consuelo de ver a los que han desaparecido en el temblor sublime de los álamos.



En otra primavera como ésta… Y no he dejado de verla ni un solo día por todas partes.

miércoles, 7 de abril de 2010

El fin del fin


Las retamas que con su floración temprana anunciaban el principio del fin de un duro y largo invierno han desaparecido. Cuando contemplaba sus largas melenas blancas flotando al viento no sospechaba que sería la última vez. Como lo efímero nunca desaparece, sé que volveré a encontrarme con ellas. ¿Pero dónde?


                                      
Este año la primavera está escondida tras los brumosos sauces que custodian el estanque de Sant James Park. Lo inesperado, lo efímero, la vida.

                                                                            

Honda encuentra lo inesperado bajo una cascada en la que se baña un joven que es otro y el mismo joven al que quiso hace mucho. Es decir, al que quiso siempre. La primavera estaba en su interior brumoso de sauce dormido.

martes, 9 de marzo de 2010

Fuji-no-yama

Subo al Fuji de la mano de Lafcadio Hearn mientras viajo en tren después de un largo fin de semana de excesos. Leo la cita que acompaña a este magnífico relato. Un viejo dicho japonés que reza: “Visto de cerca, el monte Fuji no responde del todo a las expectativas”. Y me adentro en las arenas negras de su falda, en las nieves perpetuas de su cumbre, siguiendo el rastro de las alpargatas que por el camino han perdido los peregrinos.

Yo nuca subiré al Fuji, ni siquiera estoy segura de subir algún día al Cao, un monte de mi pueblo cuya cima se alcanza en un par de horas. Tengo demasiado miedo a las alturas. O mejor dicho, me aterra bajar una vez arriba. Tal vez por eso me consuela el pavor que Hearn confiesa sentir durante su aventura.

Empujado por dos mocetones que lo llevan en volandas y lo mantienen en pie, su miedo no le impide, sin embargo, disfrutar de la fantasmagórica vista del amanecer sobre las nubes, a la puerta de un precario refugio excavado en la roca.

Y es que finalmente, el Fuji, de cerca, sólo responde a las expectativas del que es capaz de no esperar nada.