lunes, 2 de diciembre de 2019

Tres haikus para regresar



Siento tu peso,
tu latido profundo.
Brota la niebla.
***
Oigo el sonido
de tus pasos tranquilos.
Sueña la lluvia.
***
Llena la casa
tu pequeño silencio.
Teje la araña.



Ilustración: Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Momiji



Nueces, castañas,
contra la pesadumbre.
Y una naranja.

***

Huye el silencio.
El aire se levanta
entre los chopos.

***

Puerta cerrada.
Bajo el dintel de helechos
se duerme el bosque.

jueves, 29 de octubre de 2015

Tres haikus (VIII)



Lejos, muy lejos,
el sol brilla en tu cara.
En mí amanece.

***

Cuando dormías,
¿quién velaba tus sueños?
¿Ya no te acuerdas?

***

A ti abrazada
pasaría el invierno, 
que nunca llega.

domingo, 14 de junio de 2015

Al modo de Sei Shōnagon


Cosas insidiosas

Las gotas de lluvia sobre tu cara cuando vas recién maquillada a una cita importante.
***
Buscar por todas partes una vieja carta. Encontrarla y que no diga exactamente lo que recordabas.
***
Que suene el teléfono mientras estás leyendo y que no conteste nadie cuando aciertas a descolgarlo.
***
Que alguien que habla mucho no te deje estar a solas con tus pensamientos.
***
Preparar la comida y que se queme un poco.


Cosas que no se olvidan

El primer beso, una mañana fría con pájaros que volaban rozando el horizonte.
***
Aquel paseo bajo la lluvia. La luna había salido, pero apenas brillaba.
***
Aquella tarde. Tu mano guiando la mía hacía una selva húmeda en la que habitaban animales prehistóricos que yo no conocía.
***
La despedida. No quería mirarte y tú insistías.
***

Las amapolas, que florecen de pronto y duran nada.

lunes, 16 de marzo de 2015

Un cuento tradicional


'El viejo del lobanillo' es un cuento tradicional japonés que tiene muchas versiones. La última que he leído aparece en el libro Cuentos de cabecera de Ozamu Daizai publicado por Satori. El autor de Indigno de ser humano reinventa la historia aportándole inquietantes matices.
Hace unos días, un amigo me contó que había descubierto un anime film de 1929. Para mi sorpresa, se trataba de una versión de esta antigua historia. No se pierdan la escena de la lluvia con fondo sumi-e. Un corto verdaderamente delicioso.




jueves, 9 de octubre de 2014

Momiji


Cruje la tarde. Tus pasos perezosos han despertado la quietud del bosque. Gotas de sangre, carmín encendido. La luz se pierde en la fronda silenciosa. Las hojas caídas, mar del otoño, cubren de nuevo la vida que duerme. Cómo ignorar este cielo de estrellas apagadas. Cómo sembrar la despedida sin perder la conciencia de un nuevo camino al que dirigir los pasos. Todo ha ocurrido de repente. El viento helado. La flor marchita. El silencio.



Compartir un puñado de palabras, y luego otro. Esperarte de pie, al filo de la acera. Contestar a tus preguntas, discutir sobre nada. Tu mano y la mía unidas sobre el mármol helado del velador. La última vez. Tus ojos brillando aquella mañana en la que yo llevaba prisa. La voz conocida al otro lado del teléfono. El hombre que toca el acordeón en la estación de metro. Las hojas amarillas que hace volar el viento. Tu risa hace temblar los recuerdos.


Cerremos los ojos para vernos. El cielo se ha cubierto de nubes escarlatas. El fuego que arde dentro ha despertado canciones olvidadas. Quiero oírte de nuevo, que tu voz tiña de rojo el sigilo de la tarde. ¿No escuchas como yo nuestras pasos de entonces en el eco lejano del pasillo? El rumor del mar. Las hojas muertas. La luna impaciente. Contemplemos juntos la desolación del otoño que vuelve. La belleza precisa de un mundo que se acaba.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Tres haikus (VII)





Aquellas siestas
acunando tu cuerpo
bajo las ramas.

***

Ruge el otoño.
Y palpita en mi pecho.
Tiembla en las hojas.

***

Viejas postales.
En el árbol desnudo
veo la nieve.

jueves, 21 de agosto de 2014

Tres haikus (VI)



Tiemblan las hojas.
Luces de la mañana
sobre los coches.

***

Para encontrarte
no hizo falta otra vida,
sólo la tarde.

***

Hacía frío.
Y en las calles mojadas
amanecía.

lunes, 5 de mayo de 2014

Tres haikus (V)





Entre las nubes
aparecen de nuevo
días felices.

***

La primavera
nos regala colores
de antiguas flores.

***

Viejos fantasmas.
Y en el fondo del vaso
brillan tus ojos.

domingo, 20 de abril de 2014

Pasado

Los días grises. Aún queda nieve en las altas cumbres de la memoria. Esa sosegada impaciencia que nos devuelve a los días de juventud en los que el miedo era un temblor ante lo desconocido, una imagen borrosa en el espejo, un latido intermitente, una canción de despedida. Y ahí estamos, silenciosos ante el paisaje y sus desvelos, asidos a los nidos de los pájaros que se apresuran a recomponer un instante de su historia que el azar ha querido hacer coincidir con la nuestra.

                                      ***

El aire perfumado arrastra palabras antiguas, hace volar viejas cartas que nunca llegaron a su destino, arrumbadas en el cajón polvoriento de lo que nunca dijimos. Cómo encontrar razones suficientes para compartir el momento preciso en el que podemos ser nosotros. Te conformas con reconocer los pasos que resuenan en las calles empedradas, la sombra que asoma por el arco cincelado que da acceso al puente. Tú estás en medio, expuesto el rostro al aire frío de la tarde.

***

Cómo compartir lo que aún no has admitido. Esa pesadumbre incierta de la infancia. La relación ambigua que los recuerdos adormecidos niegan. El tiempo no es pasado sino presente eterno que incomoda, lacerado intervalo de emociones antiguas que se repiten. Entre tus libros, en tu cuarto a solas, intentas sobrellevar la derrota. Odias lo que no entiendes, detestas lo que comprendes. No es fácil ser un pájaro sujeto al vaivén caprichoso del viento. Con las alas abiertas admites tu destino, fijas tu mirada en un punto del pasado y comprendes que nada ha cambiado, que sigues siendo un niño que espera silencioso a que una voz conocida lo llame por su nombre.

martes, 18 de marzo de 2014

Sonidos


La música  acompasa el vuelo de los pájaros, el lento deambular de aquellas nubes, la aurora empolvada por la bruma, el monótono rumor del agua que riega el campo verde. En este instante, todo es uno, nada desentona. Tú también lates al unísono. Sientes como se alejan tus temores. Flotan en el aire, se diluyen tus pensamientos. Todas las cosas son por primera vez. Todo pasa lento: el amarillo de las flores que salpican la cuneta, el trigo recién nacido, los arrogantes eucaliptos.


Viento. En tu interior se esconde el lamento brillante del bambú. El bosque se envenena con el canto áspero del sakuhachi.


Temblor. Con tu canción acompasada renace lo que no tiene vida. Las flores del pasado crecen en el fondo de un turbio remanso al son de la biwa.


Latido. El eco de la renuncia enciende la tarde. El tañer de la campana nos devuelve a lo que fuimos cuando aún no éramos nada.


Murmullo. No hay pecado más dulce que contemplarte a la luz de la luna.  Con las notas vibrantes del koto crece la marea.

domingo, 23 de febrero de 2014

Centro

Para luchar contigo. Para encontrar el centro. Para salvar distancias entre tus pensamientos, la niebla ha levantado su mano temblorosa, ha posado su aliento frío. Lo desconocido, ese jirón de nubes en el horizonte, el sol entre las ramas. Tiemblan los pájaros en la espesura, tiembla la voz del viento entre los árboles, tiembla la gota en el filo de la hoja. El mundo se despereza, abre los ojos, lame la cicatriz del miedo. Y entre las espinas, brotes apretados de flores amarillas demoran el inicio de una nueva primavera.


Este camino mojado por la lluvia. Entre las rocas nos diluye. Nos abandona a la inclemencia de nuestro soliloquio. Somos peces en este abismo de verdes cenicientos. Nuestro reflejo se hunde en la quietud desnuda de los olmos. Entre las nubes aún deslumbra el trazo intenso de un mal pensamiento. Hemos recorrido el sendero para encontrarnos. Y aunque apenas nos miramos, concentrados en el canto turbio de los pájaros, esperamos pacientes a que levante la niebla.


Este viaje sin tiempo. Este querer encontrarte en lo único que dura, en lo único que cambia. No esperes ante el abismo incierto. Un solo paso en la espesura, después otro. La línea parda de la tierra que te lleva al pie de la ladera. Se pierde tu mirada entre las encinas, brilla con luz nueva en el verde vivo del algarrobo, se nubla en las espinas tiernas del tojo, se recrea en el rojo incendiado del majoleto. Estás dentro de ti. Aunque apenas dure un instante, lo has entendido.

viernes, 31 de enero de 2014

Tres haikus (IV)




Sueño contigo.
En qué camino oscuro
Te habré perdido.

***
Sin tus palabras,
¿cuánto dura el invierno?
Arrecia el frío.

***
Lo que nos queda.
Un  puñado de arena
que el sol calienta.

martes, 28 de enero de 2014

Promesa

Aliento frío. Bajo la escarcha, la ausencia se convierte en el palpitante atributo de la vida. Impasible, el tiempo se detiene un instante en la escueta pureza de la retama. El blanco que confunde los anhelos se ha transformado en promesa efímera, en inquieto manantial en el que brota la única verdad constatable. Todo fluye, ni el dolor ni la alegría consiguen detenernos. Anclados en nuestros pesares, no podemos renunciar a ser brotes de nuevo. Y al abrirnos al sol tibio de la nueva primavera, sentiremos el crujir de la escarcha en nuestros corazones, el palpitar antiguo de una nueva renuncia al largo invierno.


¿Y ese pájaro que canta bajo la lluvia, qué anuncia? Hoy no quieres escucharlo. Su promesa de vida desata tus anhelos. Ya no quieres desear. La esperanza es un árbol hueco. En su interior se seca el musgo de la desazón. Y ese pájaro, bajo la lluvia fina. Su canto, un jirón de nube.



Por qué no esgrimir de nuevo la pluma y que la tinta, manantial inquieto, fluya. Ahora que no es necesario guardar las apariencias, sentado bajo la lluvia fina de una nueva primavera que quizá sea la última para ti. Tus escritos te libran del desconcierto de seguir respirando, de la pesadumbre eterna, del dolor de tus manos deformes. Libre por fin porque nada esperas, tu corazón se adormece con nuevas historias, más tuyas que nunca porque ya nada importa.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Joya no Kane

Quizás sea tan sencillo como mirar al cielo. Despegar por un instante. Sentir la levedad de ese cormorán que cruza la bahía, que planea olvidado de su propio peso.  Adentrarse en  la gélida mañana que va despertando poco a poco tus sentidos. No mirar al suelo. Por un instante, no mirar al frente. Ser estela adornada de espuma. Ser aroma salino, rumor de algas. Ajena de ti, fuera de ti misma. Salir al encuentro de lo que eres. Desprovista, por un instante, de  la pesada carga que te ata a este mundo. Ser parte pequeña de lo que de verdad importa. Tus pensamientos, nubes que pasan.



Limpiar pulcramente la casa. Pagar las cuentas. Comprar regalos. Enviar saludos. De lo pasado, me quedo con sus risas. Con el roce de tu mano. Con el calor de tus palabras, brocado de nuestras tardes en penumbra. Con los amaneceres a tu lado. Con los abrazos imprevistos. Con la nostalgia. Con los besos aún no dados. Con su mano diciendo adiós. Y también, por qué no, con la tristeza. Con la conciencia de lo que nunca volverá y siempre estará conmigo.



Olvidar, con el sonido de la campana ciento ocho veces repetido, todo deseo. Adentrarte nueva en lo nuevo. Limpia para seguir el camino que,  una vez más, marcarán las estaciones. Miras la noche estrellada. Miras el cielo apagado por la bruma. El resplandor marchito de la aurora. El verde ceniciento del atardecer. Lo que vendrá no será desconocido, únicamente algo distinto: la ternura, la soledad, el desvelo, la pasión, la amargura, el amor, los amigos…tus lecturas. La misma luna. Y tú dispuesta a contemplarla.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Azaleas entre rocas

Si en esta vida no te encuentro, será en la próxima. Si sufro por ti, ¿qué pecado habré cometido? Si tu amable sonrisa recompone el pesar profundo de tu ausencia, será porque ya estuvimos juntos en otro mundo igual a éste. No tiembla  el corazón ante la muerte, pero se sobrecoge con tu mirada. No es el eco de tu voz lo que me ahoga, sino la conciencia clarísima de que no la oiré para siempre.



Porque sabes que el tiempo de vuestro amor es limitado. Porque cortará su hermoso pelo para siempre. Porque su voz no volverá a quebrarse al pronunciar tu nombre. Porque todo es pasajero y todo vuelve. Porque la vida no importa y todo es nada. Y amarlo es la única verdad. Abrazarlo, tu única dicha. Encontrar la muerte, el único consuelo si no te espera.



El honor de amarlo. La luz de tenerlo. La emoción de abrazarlo. El miedo a perderlo.  Amar su cuerpo, igual al tuyo. Perecer con su mirada. Escribir largas cartas de amor que él no corresponde.  Levantas tu espada para cortar el aire que lo separa de tu mundo. Y no temes a la muerte, sino al amanecer.  Flor entre rocas.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Sombras

Quizás sea el convencimiento estricto de que nada cambia lo que te impulsa a seguir adelante. Esa inercia implícita en lo que muda y a la vez permanece inalterable. Como las estaciones, los sentimientos conforman un círculo ceñido por las convenciones sociales. Pero dentro, muy dentro de ti, nada está quieto, el corazón reverbera con la luz brillante de este otoño incierto. Esa misma luz que enciende los álamos de oro a la orilla del río seco, que vuelve rojos los frutos del espino, que hace brillar la piedra pulida por los pasos.


Encontrar en la sonrisa del otro una razón para la esperanza. El murmullo pulido de las voces que a lo lejos anuncian el previsible desenlace. La quietud del que sabe que no está hecho para un mundo en el que todo está decidido de antemano. No, no es pesar sino cansancio. No es la pena el hilo sutil que ensarta los días, sino el recuerdo de esa piedra en mitad del camino. Abrazar su frío enigma para sentirse vivo. Penetrar en su corazón duro para contagiarse del calor que en su centro albergó un día. No dar nada por perdido y darlo por perdido todo.


Cada palabra esconde una verdad a medias. Nada es lo que parece. Ni siquiera el espejo te devuelve la imagen, el gesto conocido, del que fuiste un día. Los fantasmas del pasado aún están vivos. Has subido a la montaña para encontrarte con ellos. ¿No es esa sombra huidiza el perfil clarísimo de la que amaste un día? ¿No es su perfume el eco del tiempo que aún está por venir? Sentado en la penumbra de la mañana incierta, no hay nada más cierto que el ruido de pasos que se alejan. Tu corazón, un puñado de cenizas. Su aliento, fuego apagado que aún quema.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Matsu

Negra sombra del que espera. Bajo tu fronda inquieta se detiene el tiempo, bajo tu verde intenso ha quedado varada la memoria. Sin tu presencia, no hay noche cerrada. Y sin tu rumor de ascuas encendidas, no existe el verano. Pino solitario, rumor de olas, añoranza y rendición. Si alguna vez hubo algo sagrado, salió de la sencilla insolencia de tu tronco, de tu oscuro corazón que palpita con el recuerdo. Todavía.


El que plantaste con tu mano temblorosa ya ha crecido. Y como tú, espera el momento de mostrar su vibrante corazón adormecido en los sonidos apagados de la tarde. De sus ramas inquietas brotan nuevos deseos que el viento se lleva a un lugar desconocido en el que siempre es otoño. Y aunque cae la lluvia, no desespera. Inquieto en su quietud, detiene el tiempo, amortigua la esperanza, aguarda.


Tras la niebla estás tú. Alargas tu mano temblorosa y ruge el viento del recuerdo. Palpitan las ramas de la desolación. Y en el verde apagado de la noche, tiembla tu corazón con el viejo perfume del invierno. Sí, puede que no haya más que sombra bajo tu copa alta. Puede que el  tiempo haya borrado las huellas en la arena. Puede que no haya más que silencio. Pero tú aún oyes temblar la voz de la escarcha, el aliento tibio que derrite el olvido.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Aniversario

Al principio, el desasosiego. Cómo compartir la crudeza de tus metáforas precisas. La hiriente claridad de tu palabra, el dardo envenenado de tu sinceridad. Luego la sorpresa. La confusión. El miedo a entenderte. El dulce veneno penetrando en la conciencia. Y, finalmente, quedar para siempre atrapada por un primer beso en mitad de la nieve. Por esa forma tuya de aniquilar el tiempo, de dotar al mundo de aristas coloreadas, de vestirlo con el brocado exquisito de la desesperación. Desde entonces, formas parte de la cadena que me ata a la vida. A veces  detesto tu frío. Otras me abraso en tu calor. Y siempre siento.


En el último instante, ¿qué pensarías? ¿Te bastó, para dejar este mundo,  la certeza de que nada cambiaría? ¿O eras tú el que temía cambiar? ¿No estabas, acaso, cambiándolo todo al hundir el cuchillo en tu vientre? Y ese gesto teatral del  final que se escapó a tus predicciones. La torpeza, el temor  -el amor, tal vez-  que impidió a tu asistente cumplir su cometido con la brevedad y la certeza exigidas. La imagen de tu cabeza en el suelo.  


Y en el momento de la despedida, dejarlo todo en orden. El manuscrito entregado, el mensaje a la esposa, el poema ritual… Los periódicos de la época recogen el “incidente”. El otoño arrastra una vez más tus pasos hacia ese otro lado en el que permanecerás eternamente. El viento de los dioses antiguos, apenas un rumor de voces en la niebla.

martes, 19 de noviembre de 2013

Tres haikus (III)



Con el Levante,
de mañana temprano,
vi tu sonrisa.

***
No escucha el viento,
ni tu risa de río.
Sol del verano.

***
Pasan los años.
Y crece la marea
de nuestro afecto.