Entre las nubes
aparecen de nuevo
días felices.
***
La primavera
nos regala colores
de antiguas flores.
***
Viejos fantasmas.
Y en el fondo del vaso
brillan tus ojos.
Comentarios sobre literatura japonesa
Los días grises. Aún queda nieve
en las altas cumbres de la memoria. Esa sosegada impaciencia que nos devuelve a
los días de juventud en los que el miedo era un temblor ante lo desconocido,
una imagen borrosa en el espejo, un latido intermitente, una canción de
despedida. Y ahí estamos, silenciosos ante el paisaje y sus desvelos, asidos a
los nidos de los pájaros que se apresuran a recomponer un instante de su
historia que el azar ha querido hacer coincidir con la nuestra.
Para luchar contigo. Para encontrar el centro. Para salvar distancias entre tus pensamientos, la niebla ha levantado su mano temblorosa, ha posado su aliento frío. Lo desconocido, ese jirón de nubes en el horizonte, el sol entre las ramas. Tiemblan los pájaros en la espesura, tiembla la voz del viento entre los árboles, tiembla la gota en el filo de la hoja. El mundo se despereza, abre los ojos, lame la cicatriz del miedo. Y entre las espinas, brotes apretados de flores amarillas demoran el inicio de una nueva primavera.
Aliento frío. Bajo la escarcha,
la ausencia se convierte en el palpitante atributo de la vida. Impasible, el
tiempo se detiene un instante en la escueta pureza de la retama. El blanco que
confunde los anhelos se ha transformado en promesa efímera, en inquieto
manantial en el que brota la única verdad constatable. Todo fluye, ni el dolor
ni la alegría consiguen detenernos. Anclados en nuestros pesares, no podemos
renunciar a ser brotes de nuevo. Y al abrirnos al sol tibio de la nueva primavera,
sentiremos el crujir de la escarcha en nuestros corazones, el palpitar antiguo
de una nueva renuncia al largo invierno.