lunes, 16 de marzo de 2015

Un cuento tradicional


'El viejo del lobanillo' es un cuento tradicional japonés que tiene muchas versiones. La última que he leído aparece en el libro Cuentos de cabecera de Ozamu Daizai publicado por Satori. El autor de Indigno de ser humano reinventa la historia aportándole inquietantes matices.
Hace unos días, un amigo me contó que había descubierto un anime film de 1929. Para mi sorpresa, se trataba de una versión de esta antigua historia. No se pierdan la escena de la lluvia con fondo sumi-e. Un corto verdaderamente delicioso.




jueves, 9 de octubre de 2014

Momiji


Cruje la tarde. Tus pasos perezosos han despertado la quietud del bosque. Gotas de sangre, carmín encendido. La luz se pierde en la fronda silenciosa. Las hojas caídas, mar del otoño, cubren de nuevo la vida que duerme. Cómo ignorar este cielo de estrellas apagadas. Cómo sembrar la despedida sin perder la conciencia de un nuevo camino al que dirigir los pasos. Todo ha ocurrido de repente. El viento helado. La flor marchita. El silencio.



Compartir un puñado de palabras, y luego otro. Esperarte de pie, al filo de la acera. Contestar a tus preguntas, discutir sobre nada. Tu mano y la mía unidas sobre el mármol helado del velador. La última vez. Tus ojos brillando aquella mañana en la que yo llevaba prisa. La voz conocida al otro lado del teléfono. El hombre que toca el acordeón en la estación de metro. Las hojas amarillas que hace volar el viento. Tu risa hace temblar los recuerdos.


Cerremos los ojos para vernos. El cielo se ha cubierto de nubes escarlatas. El fuego que arde dentro ha despertado canciones olvidadas. Quiero oírte de nuevo, que tu voz tiña de rojo el sigilo de la tarde. ¿No escuchas como yo nuestras pasos de entonces en el eco lejano del pasillo? El rumor del mar. Las hojas muertas. La luna impaciente. Contemplemos juntos la desolación del otoño que vuelve. La belleza precisa de un mundo que se acaba.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Tres haikus (VII)





Aquellas siestas
acunando tu cuerpo
bajo las ramas.

***

Ruge el otoño.
Y palpita en mi pecho.
Tiembla en las hojas.

***

Viejas postales.
En el árbol desnudo
veo la nieve.

jueves, 21 de agosto de 2014

Tres haikus (VI)



Tiemblan las hojas.
Luces de la mañana
sobre los coches.

***

Para encontrarte
no hizo falta otra vida,
sólo la tarde.

***

Hacía frío.
Y en las calles mojadas
amanecía.

lunes, 5 de mayo de 2014

Tres haikus (V)





Entre las nubes
aparecen de nuevo
días felices.

***

La primavera
nos regala colores
de antiguas flores.

***

Viejos fantasmas.
Y en el fondo del vaso
brillan tus ojos.

domingo, 20 de abril de 2014

Pasado

Los días grises. Aún queda nieve en las altas cumbres de la memoria. Esa sosegada impaciencia que nos devuelve a los días de juventud en los que el miedo era un temblor ante lo desconocido, una imagen borrosa en el espejo, un latido intermitente, una canción de despedida. Y ahí estamos, silenciosos ante el paisaje y sus desvelos, asidos a los nidos de los pájaros que se apresuran a recomponer un instante de su historia que el azar ha querido hacer coincidir con la nuestra.

                                      ***

El aire perfumado arrastra palabras antiguas, hace volar viejas cartas que nunca llegaron a su destino, arrumbadas en el cajón polvoriento de lo que nunca dijimos. Cómo encontrar razones suficientes para compartir el momento preciso en el que podemos ser nosotros. Te conformas con reconocer los pasos que resuenan en las calles empedradas, la sombra que asoma por el arco cincelado que da acceso al puente. Tú estás en medio, expuesto el rostro al aire frío de la tarde.

***

Cómo compartir lo que aún no has admitido. Esa pesadumbre incierta de la infancia. La relación ambigua que los recuerdos adormecidos niegan. El tiempo no es pasado sino presente eterno que incomoda, lacerado intervalo de emociones antiguas que se repiten. Entre tus libros, en tu cuarto a solas, intentas sobrellevar la derrota. Odias lo que no entiendes, detestas lo que comprendes. No es fácil ser un pájaro sujeto al vaivén caprichoso del viento. Con las alas abiertas admites tu destino, fijas tu mirada en un punto del pasado y comprendes que nada ha cambiado, que sigues siendo un niño que espera silencioso a que una voz conocida lo llame por su nombre.

martes, 18 de marzo de 2014

Sonidos


La música  acompasa el vuelo de los pájaros, el lento deambular de aquellas nubes, la aurora empolvada por la bruma, el monótono rumor del agua que riega el campo verde. En este instante, todo es uno, nada desentona. Tú también lates al unísono. Sientes como se alejan tus temores. Flotan en el aire, se diluyen tus pensamientos. Todas las cosas son por primera vez. Todo pasa lento: el amarillo de las flores que salpican la cuneta, el trigo recién nacido, los arrogantes eucaliptos.


Viento. En tu interior se esconde el lamento brillante del bambú. El bosque se envenena con el canto áspero del sakuhachi.


Temblor. Con tu canción acompasada renace lo que no tiene vida. Las flores del pasado crecen en el fondo de un turbio remanso al son de la biwa.


Latido. El eco de la renuncia enciende la tarde. El tañer de la campana nos devuelve a lo que fuimos cuando aún no éramos nada.


Murmullo. No hay pecado más dulce que contemplarte a la luz de la luna.  Con las notas vibrantes del koto crece la marea.