lunes, 19 de marzo de 2012

Un país de niños



Tras estudiar detenidamente el problema, elucubrar sobre la esencia de este pueblo, disparatar sobre sus costumbres, llegas a la conclusión de que son niños. Imposible admitir que estos amarillos rojizos sean  amos como tú. Pero cómo llamar nativos a estos pulcros seres nacidos para la belleza. 


Y ese tono jocoso con el que te burlas de su ejército. A mí me da pavor pensar que te reías cuando poco después... 

Kipling en esta selva plagada de templos lacados de rojo. En un gesto de generosidad consigo mismo admite, bajito y una sola vez, que no comprende nada. Y sin embargo, no deja de soñar con esa mujer de incomparable sonrisa que le sirve té. ¿Y si pudiera quedarse con ella, para siempre, en este país de cuento de hadas?  Pero se marcha.

viernes, 17 de febrero de 2012

Lejos

Estas velas. Quizás sus débiles destellos nos obliguen a mirarnos por primera vez con atención. Congregados sobre ellas, alrededor de la pequeña mesa, damos por perdida la claridad difusa del día que se escapa, pero no nuestra alegría. Nuestras risas se superponen a la densa oscuridad que nos abriga más allá de este halo impaciente que nos protege desde dentro. Pero no es esto.


Y este armario no es chino. Ahora lo sé. En la penumbra ahogada de la habitación cerrada, el oro que perfila las figuras no lanza destellos apagados de velas en la noche, el rojo-negro no se vuelve remanso sosegado de aguas turbias, no consuela. Y de nada sirve jugar con la persiana para recrear la luz exacta. Esa luz no existe.


Quizás ese fondo marino reflejado en el espejo, esos azules que inventaste para contener el tiempo, el brillo de metal envejecido de los escasos trazos verdes difuminando el movimiento…Este Elogio de la sombra que me hace sentir muy lejos.

lunes, 6 de febrero de 2012

Dersu Uzala


La primera  vez la vimos, ¿lo recuerdas?, en un cine abarrotado de Gente como nosotros: jóvenes de provincia alentados por el mismo deseo de ser otros, de ser como esa Gente bohemia e intelectual que salía en ese libro que tanto nos gustaba y se parecía tanto a esa otra Gente  mayor de gesto compungido, y siempre vestida de oscuro, que frecuentaba los mismos bares que nosotros. Gente.

No nos enteramos de nada, y la culpa no fue únicamente de la extravagante traducción simultánea que hacía esa amiga nuestra desde un palco de platea. Éramos Gente pequeña y desorientada.

Después, tantos años el cartel en el pasillo de nuestra primera casa. Su mirada inquietante presidiendo nuestra especial manera de explicarnos el mundo, la riada de Gente extravagante y bulliciosa que nos frecuentaba, las primeras diferencias, los primeros reencuentros. No recuerdo cómo desapareció de nuestra vida. Quizás fue una pérdida demasiado importante para lamentarla. Éramos Gente que corre hacia la vida.

Y ahora que somos Gente que cuida de Gente, que somos igual que esa Gente que siempre quisimos ser y a la vez tan diferentes, él asoma su cara de Gente buena entre los árboles de la taiga y sentimos, al calor de esa hoguera que fluye entre nosotros, la misma emoción que el Capitán Arsèniev cuando lo vio por vez primera. Lo dejamos entrar, una vez más, en nuestras vidas y le pedimos que se quede para siempre, porque ahora entendemos su lenguaje clarísimo.

viernes, 27 de enero de 2012

Nubes que pasan


Este paisaje amable no es lo que parece. Sobre los verdes imponentes del  campo en primavera, sobre el caserío blanco en el que reconozco el perfil claro de tu casa, están esas nubes grises que recrean otro tiempo distinto en la montaña, que amenazan con nublar también nuestras conciencias, que son presagios de otros días que vendrán. Y son esas nubes encajadas en el perfil tosco de los montes las que me llevan allí cuando estoy lejos.


Yo  también te seguiría, como tu fiel Sora, a través de valles y montañas. Contemplaría contigo la luna, que es más hermosa sobre el monte Obabute. Recorrería senderos, que hoy no existen, hasta  aquel templo que guarda la espesura. Y me sentaría a beber el sake de la hospitalidad en la cabaña aislada que construiste,  junto al río Sumida, para huir del mundo. Como tú, cerraría la puerta a todo, menos a la lluvia insidiosa que se cuela por el tejado,  y me dejaría arrastrar por el viento, como hacen las nubes.


Nubes, neblina.
Innumerables cambios
a cada instante.

(Matsuo Bashō, versión de Jesús Aguado)

miércoles, 4 de enero de 2012

Contemplación de la Impureza


Lo sorprendente de todo esto es lo que tardamos en definir nuestros afectos. Ese intervalo inquietante en el que la alegría desbordante por la nueva experiencia se transforma en desvelo y desemboca en el rechazo explícito al sabor amargo que nos queda tras impregnarnos del olor penetrante con el que la naturaleza llama a la vida y que para nosotros es igual al de la muerte.

  
No es suficiente todo este sake, ni consuelo alguno hundir la cabeza en la tela perfumada que un día cubrió su delicada belleza. Contempla bajo la luna clara del otoño el cuerpo descompuesto de la que un día fuera joven y hermosa como ella e intenta convencerse de que el amor, de que la pasión que lo atormenta, no es más que eso: impermanencia, podredumbre, un cuenco de gachas convertido en nido de gusanos blancos en mitad de la noche. Y ese canto impertinente de los grillos.


Licor de murta
que mueves los afectos.
Canta el jilguero.

martes, 20 de diciembre de 2011

Convalecencia

Por qué te extraña el frío interior que te desvela, este desacuerdo constante con tu cuerpo, esta pesadez, esta desidia, estas inconmensurables ganas de cerrar los ojos. No es la crudeza del invierno lo que te exaspera, sino haber sucumbido una vez más a las inclemencias extremas de tus pensamientos. Y no hallar el momento de emprender la dura batalla de intentar reconciliarte contigo misma.


No basta la cadencia monótona de los sutras, ni el baile convulso de la médium, para impedir el triste final de la Dama Aoi. Los celos y el rencor de esa otra a la que un día amaste y luego olvidaste han arraigado profundamente en su cuerpo, cobrando fuerzas en su debilidad, intercambiando vida por recuerdos. Y no hay lugar para la esperanza, sino un espantoso grito que es una interrogación, que es una queja, que es el último suspiro de lo que nunca muere.


Lamentable, sí, que él bostece mientras reza protegido por el biombo. Qué dulzura la de ella, esperando paciente a que sucumba el demonio causante de esas fiebres. Con el pelo desordenado y las ropas descompuestas, ¿no es amor lo que ofrece? Batalla tan dulce, ¿no tendrá recompensa? 

lunes, 12 de diciembre de 2011

Cosas de dioses


Algunos lanzan rayos, otros soplidos feroces, tormentas apabullantes, males y plagas que duran cien años. No se dignan a bajar a la Tierra. Y cuando lo hacen, les da por raptar y violar jovencitas. Sus hijos son semidioses porque ningún mortal se les compara. Ellos solos crearon el mundo. Únicamente en sus sueños terribles participamos todos porque nadie se libra del poder  inquietante de su furia.


A estos dioses casi humanos les dio por parir islas. Tras compartir, como buenos hermanos que eran,  lo que a ella le faltaba y a él le sobraba, engendraron  Yamato y tierras adyacentes, que poblaron de dioses como ellos. Permitieron su gobierno a un grupo escogido de delicados humanos, sus descendientes directos. Cosas de familia, aún se encuentran en Izumo una vez al año para hablar de sus asuntos, dejando el resto del imperio sin protección alguna. Pero la reunión festiva no dura mucho  y pronto vuelven a sus quehaceres,  a sus chozas en el monte, a sus humildes templos, al acogedor rincón destinado a ellos en cada casa.


Hay ocho nubes
en la casa de Izumo
la de ocho vallas,
donde habita mi esposa,
de ocho vallas guardada.

(Atribuido al dios Susanoo)